lunes, 21 de junio de 2010

Quebrantahuesos - Mi primera experiencia

Aviso a navegantes: No hay manera de que pueda hacer una crónica de mi primera Quebrantahuesos y que ésta sea breve. Ni siquiera lo voy a intentar. Es más, voy a intentar reflejar cuantos más recuerdos mejor. No te sientas obligado a leer la crónica, seguramente tenga sólo sentido para mi.

Aviso a navegantes 2: Yo intento darle a toda la crónica un tono de cachondeo. Para disfrutarla es en ese plan en el que debe leerse.

El viernes ibamos camino a Sabiñánigo y al ir a hacer la parada a mitad de camino vi que el parking del bar tenía una zona con techo. Como picaba el sol pensé, voy a meter el coche bajo el techo para que se quede a la sombra. Y oye, la maniobra la hice perfecta. Claro que cai en que algo no iba bien al sentir un golpe y ver que la baca del coche salía despedida hacia atrás con la bicicleta enganchada a ella.

El típico fallo del que se olvida de que lleva la bicicleta con la que piensa hacer la Quebrantahuesos en la baca e intenta aparcar en una plaza con techo.

Eso si, impresionante la suerte que tuve porque a la bici no le paso (casi) nada. El golpe se lo llevó la tija y no parece que sea nada más que un raspón.


Lo que parece claro es que yo no puedo acudir a una marcha ciclista con bici de carretera y no sufrir algún percance en el camino.

Sin más sorpresas llegamos a Sabiñánigo y me voy a recoger el chip y la bolsa con los regalos (un botello, una revista de ciclismo, un libro conmemorativo de los 20 años de la Quebrantahuesos, el maillot y un montón de publicidad).

Al tema que me enrollo.

El sábado me levanté a las 6:30. Había quedado con Agustín y con Jose, el de la tallbike, a las 6:30.

A las 6:30, con puntualidad no hispana, nos juntamos y empezamos a pedalear. Este es el aspecto que llevaban mis acompañantes.


Decir que llamábamos la atención es poco. En los poco más de 11km que teníamos hasta Sabiñánigo fueron incontables los que nos pitaron y nos sacaron fotos.

Llegamos a Sabiñánigo y nos pusimos a la cola de la salida. Jose nos decía que mejor que saliésemos de los últimos porque la gente sale muy deprisa y con muchos nervios.

Dieron la salida y nosotros esperamos pacientemente a que, varios minutos más tarde, los ciclistas empezasen a moverse.

Cuando vimos el camino medio despejado nos pusimos en movimiento. Pero a los pocos metros vimos que los ciclistas estaban de nuevo parados.

Nos paramos nosotros también.

Charlábamos tranquilamente.

De repente me doy cuenta que todos los que están parados llevan el dorsal de la Trepariscos. Se lo digo al Agustín y a Jose y caemos en la cuenta de que los de la Quebrantahuesos ya se han ido. Hace lo menos tres minutos.

Nos metemos entre los ciclistas y llegamos a la primera fila. Los periodistas están frente a nosotros sacando fotos. Yo hasta creo que he salido en varias.

Cuando les decimos que somos de la Quebrantahuesos nos abren hueco. A Jose le dejo pasar Marino Lejarreta.

Una chica de la organización nos preguntó si éramos de la Quebrantahuesos. Si, dije yo.

Pues espera que sino no te va a tomar el tiempo el chip.

La chica avisa a alguien que toquetea en la máquina del chip y nos dice "ahora".

Pasamos y se nos toma tiempo.

Nos ponemos en marcha. La carretera está vacía, no se ve a nadie de la Quebrantahuesos. Vamos los últimos.

Bueno los últimos no. Todavía aparecen dos ciclistas más por detrás de nosotros. Dos gallegos. Uno de ellos en bici de montaña con ruedas finas.

Ya somos cinco.

Pero en vez de ser un pelotón el gallego que lleva bici de carretera tira hacia adelante. El de la bici de montaña se va quedando y Agustín, Jose y yo vamos agrupados.

Yo no me recuerdo nervioso. Tampoco preocupado. Creo recordar que me lo tomé con filosofía.

En un momento dado Jose, que es el único de los cinco que había hecho la Quebrantahuesos, comenta que es raro que este año no se pase por el pueblo, que el se acuerda de que el año pasado se pasó y que había mucha gente aplaudiendo. No le hacemos mucho caso y seguimos pedaleando.

Estamos en una carretera general en constante sube y baja pero ganando altura. Rodamos ágiles, pero no vemos a nadie. Hasta cierto punto normal. Entre unas cosas y otras el último nos debe de sacar cinco minutos como mínimo.

Mira, el gallego que va delante se ha parado.

Cuando nos acercamos a el nos dice. Hay que dar la vuelta. He preguntado y teníamos que haber cogido un desvío a Jaca.

¿¿¿¿¿QUE?????

Que si, que si, que tenemos que dar la vuelta que nos hemos pasado. Que tenemos que coger un desvío hacia Jaca.

Pues nada. Damos la vuelta y vamos en busca del desvío a Jaca.

A los dos o tres kilómetros el gallego de la bici de montaña pincha. Cuando le adelantamos Jose le desea buena suerte, pero no nos paramos.

Por fin llega el desvío a Jaca. Hemos tenido que retroceder 6 kilómetros.


Quiere esto decir que hemos hecho 12 kilómetros más de los debidos (eso sin contar los 11 desde nuestro hospedaje hasta Sabiñánigo), que el último de la Quebrantahuesos nos saca como mínimo media hora. Y, lo que es más preocupante para mi, que en este grupo de cinco nadie tiene ni idea del recorrido y nos quedan unos 200km por delante. Impresionante el panorama.

Atravesamos Sabiñánigo. Jose tenía razón. Pero ya no había nadie para aplaudir. Eso si, la bicicleta de Jose seguía llamando la atención.

Vamos dirección a Jaca. Tenemos viento de cara. Hacemos grupeta. El gallego que va en bici de carretera se va hacia delante y le perdemos de vista. El gallego en bici de montaña va por detrás, pero no chupa rueda; se mantiene a una distancia constante. Agustín comenta algo de que a él este terreno/ritmo no le viene bien. Yo me pongo a la cabeza del grupo y pongo ritmo aceptable, Agus detrás de mi y Jose detrás de Agus. Jose, con su bicicleta, ni sirve para ir delante ni se beneficia por ir detrás. A pesar de que el terreno no es del todo desfavorable yo diría que rodamos a 25km/h de media. El viento nos está castigando un poco.

Nos cruzamos con un par de ciclistas que vienen en sentido contrario. Jose les pregunta que qué pasa. Uno de ellos dice que le duelen las rodillas. Otro lleva la bici con un brazo mientras el otro lo lleva pegado al cuerpo. Me apiado de él. Otros no contestan y le miran la bici con cara de asombrados.

En Jaca hay que hacer un giro a la derecha y mira tu por donde acertamos a hacerlo perfectamente.

El número de ciclistas que vienen en sentido contrario empieza a aumentar considerablemente. Bajan en grupos.

Jose les pregunta y de repente un grupo contesta "es que está lloviendo".

¡¡Coño!! Como está lloviendo se dan la vuelta. Supongo que al gallego eso le sonaría tan raro como a mi que soy asturiano.

Vamos a ver. Se ven nubes en las montañas si. Pero que lloviese entraba dentro de las posibilidades ¿no? No entiendo porque se dan la vuelta.

El caso es que a medida que avanzamos hacia Canfranc más ciclistas bajaban.

A cada grupo Jose les preguntaba. Muchos grupos no contestaban. Les llamaba demasiado la atención la bicicleta de Jose. Pero alguien en uno de los grupos contestó "Es que esta lloviendo mucho".

Sigo sin comprarlo. ¿Hemos venido a montar en bici o a darnos un paseo?.

Llegamos a Canfranc y está lloviznado. Paramos a ponernos el chubasquero. A estas alturas si no nos hemos cruzado con 200 ciclistas no nos hemos cruzado con ninguno.

Yo comento que hacemos un grupo raro, uno en una tallbike, otro en una bici de carbono pero con un trasportín full equipe y otro en bici de montaña. Afirmo que yo soy el único que da el pego como pro del grupo. A lo que Jose responde que de eso nada, que yo tenía demasiados pelos en las piernas. No pude más que darle la razón.

Nos ponemos a subir. Enseguida quedamos Jose y yo por delante, el gallego por detrás y Agustín más retrasado. Llueve. Bastante.

Le pregunto a Jose que cuantos kilómetros tenemos de puerto y me dice que no lo sabe. Pues vaya. A mi me gusta saber lo que me viene por delante porque me ayuda regularme.

Decido preguntar a los ciclistas que bajan. No me contestan. Sólo miran la bicicleta de Jose y le vitorean.

Al pasar por la estación de Canfranc unos ciclistas que estaban al borde de la carretera (subiendo las bicis al coche) me contestan que nueve kilómetros. Ya me quedo yo más tranquilo.

Subimos a un buen ritmo. Llueve mucho y yo diría que el viento es en contra.

Pasamos por Candanchú y Jose comenta que ahí es donde se pone el avituallamiento. Pues será, pero alli no queda nada. Lo han desmontado entero. Pero entero. Vamos que sólo había unos pocos papeles por el suelo. Seguimos sin parar.

Llegamos al alto de Somport. Son las 11:14. Lo reporto en el Buzz. Llueve y hace mucho viento. Nos paramos debajo el techo del paso fronterizo a esperar a Agustin. Me como una barrita. Tirito de frio.

Llega el gallego en su bici de montaña y se para con nosotros. Varios ciclistas que están allí parados convencen a Jose de que no debe de seguir. Al parecer la bajada de Somport es muy peligrosa, incluso ha habido un derrumbamiento de tierra sobre la calzada, y con su bici es demasiado arriesgado.

Jose decide que el no sigue, que se queda en el alto de Somport con los ciclistas a esperar al autobús de la organización. Llega Agustín. El me pide opinión y yo opino que sigo. El se suma a la opinión. Al gallego no le preguntamos pero en todo momento dio sensación de que quería seguir. Agustín se prepara para el descenso. Camisa de algodón, chubasquero, pantalones impermeables, guantes de lana, guantes de fregar por encima. Desde luego no era muy ortodoxo pero a mi me estaba dando una envidia de la leche. No se porque me da a mi que voy a pasar frío en la bajada.

Venga. Despacito. Nos ponemos a bajar. Yo delante, detrás el gallego y luego Agustín. Llegamos al sitio donde está la máquina excavadora quitando la tierra que se ha caído sobre la carretera. Pasamos con mucho cuidado. Voy bajando despacio. Tomando las curvas casi parado. Esta lloviendo mucho y yo estoy tiritanto. Tanto que muevo el manillar con mis tiritonas.

Llegamos a un cruce. Están los de la organización allí. ¡¡¡Bien!!! Les pregunto y me dicen que hacia la derecha. Miro para atrás y veo al gallego pero no a Agustín. Le comento, vamos a dejarnos caer despacio para que entre Agustín. Así lo hacemos.

Nos dejamos caer un par de kilómetros. Pasamos por un pueblo y en una especie de casa/bar había un montón (¿30? ¿50?) de ciclistas refugiados. Se habían retirado y estaban esperando al autobús.

Nos dejamos caer unos kilómetros más. Le comento al gallego que esto es muy raro que yo paro. El decide parar conmigo. Nos bajamos de la bici y el gallego se dedica a corrotear bajo la lluvia para entrar en calor. Después de esperar lo que me pareció un mundo el gallego me dice que llevamos 12 minutos esperando. Llamo al Agustín al móvil. Apagado o fuera de cobertura. El gallego dice que el se va y yo me subo a la bici, pero no han pasado ni 50 metros y le digo que yo doy la vuelta a por Agustín. El decide seguir.

Yo me doy la vuelta y empiezo a subir apretando un poco el ritmo. Paso por el pueblo y vuelvo a ver a los ciclistas atechados. Sigo un par de kilómetros más y de Agustín no hay rastro. Me paro. ¿Que hago? Le llamo. Apagado o fuera de cobertura. Le dejo un mensaje. Creo que me salió un poco desesperado. Agustín cuando puedas dame un toque al movil que me quedo preocupado. Yo voy a tirar.

Doy la vuelta y pedaleo de nuevo hacia abajo. Pego un par de gritos con toda mi alma para quitarme la tensión. Me fastidia dejar atrás a Agustín. Espero que esté bien. Aprieto el ritmo, el terreno es favorable, pero las condiciones son malas. Llueve, estoy helado, triste y encima no conozco el recorrido.

En cada rotonda tengo que sacar el mapa de la organización para guiarme. Tomo un par de cruces esperando no haberme equivocado.

Me paro en una rotonda a mirar el mapa. De repente aparece un coche por detrás. Miro y resulta que es un coche con un cartel que dice algo así como "final de la carrera". Les pregunto el camino y me dicen: "en dirección a Escort". Sin perder tiempo me pongo en marcha. Se ponen a mi altura me informan de que soy el último y me preguntan que tal voy. Les contesto que bien. Y no miento. Realmente estaba bien de fuerzas y mi pedaleo era ágil. Las fuerzas no eran problema. Se ponen detrás de mi  durante algunos kilómetros. Yo creo que me están midiendo y cuando llegaron a la conclusión de que podía seguir, o cuando se aburrieron, se volvieron a poner a mi altura y me dijeron, "tu sigue que nosotros ya volvemos".

Paso por Escot. Se supone que allí había un avituallamiento líquido, pero alli no está ni el apuntador.

Ruedo muy rápido, a plato. Tanto es así que en el cruce en el que hay que girar a la derecha para empezar a subir la Marie-Blanque me lo paso. Menos más que los de la organización estaban en el cruce me vieron pasar y me chillaron. Tuve que rodar hacia atrás unos 100 metros. Cuando llego a su altura les pregunto cuanto queda hasta la cima. Me dicen que nueve kilómetros. Les doy las gracias y meto plato mediano porque la primera rampa ya lo pide.

En la Quebrantahuesos uno sabe donde empiezan los puertos por la cantidad de geles y envoltorios de barritas que ve tirados por el suelo. Siguiendo la pista de los "pro" saco el gel que llevo para las emergencias y me tomo la mitad. También me tomo una barrita y bebo del líquido mezclado con polvos mágicos. Vamos a ser prudentes que de lo poco que se del recorrido es que la Marie-Blanque es muy dura.

Y vaya que si lo es. Es uno de estos puertos en los que en cada kilómetro te anuncian lo que te viene a continuación. Algo así como te faltan 8 kilómetros a continuación tiene usted un kilómetro con un desnivel medio de 4%. Y el caso es que será sensación mía, pero a mi me parece que por cada kilómetro que andaba el porcentaje del siguiente kilómetro subía un 1%.

Faltan seis kilómetros para la cumbre. Me tomo la otra mitad del gel porque esto se está poniendo duro.

Anda, mira, el gallego. Le alcanzo a unos cinco kilómetros de la cumbre y le adelanto. Me disculpo por no subir a su ritmo, pero es que no puedo subir tan despacio como él. El tiene desarrollos de bici de montaña y le permiten subir más despacio.

Yo no se cuanto faltaba para la cumbre. Yo diría que cuatro kilómetros. Voy con todo metido y me estoy empezando a encontrar mal. Muy mal. Sudores fríos, ganas de vomitar y me estoy mareando. Me autodiagnostico bajada de tensión.

Empiezo a pensar si es posible vomitar en marcha y si vomitar me calmaría. Decido que no, que me dejaría el estomago vació y mal cuerpo. Todavía me quedan 100 kilómetros, dos puertos y lo que queda de este.

Me pongo a hacer eses en la carretera. De un lado a otro. Prácticamente ruedo en llano. Me abro el chubasquero y el maillot. La lluvia al mojarme el pecho me alivia. Parece que recupero el tono.

Sigo subiendo haciendo eses. Todo metido. Pedaleando muy despacio. A seis kilómetros por hora.

A lo lejos diviso otro ciclista. Sube andando. Cuando llego a su altura le pregunto si se encuentra bien. Contesta que si. Le pido disculpas por no parar "pero es que si paro no arranco". Lo digo como lo siento. Sigo a mi ritmo. Me alegro de haber adelantado a un ciclista del grupo principal.

La subida cada vez es más dura. Los kilómetros son eternos. Encima, con las eses que hago, yo creo que recorro 1.300 metros por cada kilómetro. En esas tonterías me entretengo pensando.

Al poco veo que por detrás se acerca el ciclista que estaba caminando. No es que venga a un ritmo rápido, pero decididamente avanza más rápido que yo. Como no podía ser de otra manera a los pocos metros me adelanta. Se acabó la alegría de adelantar a un ciclista del grupo principal.

Sigo subiendo poco a poco. No puedo decir que me encontrase mejor. Lo que en realidad pasaba es que había encontrado el equilibrio. Al ritmo al que subía podía aguantar, me costaba, sufría, pero podía aguantar. Sabía que no me bajaría de la bici.

Y menos al volver a ver al ciclista que me acababa de adelantar parado al lado de la bici. Una mano en el manillar, la otra en el sillín. La cabeza apoyada en el tubo del cuadro. Cuerpo en posición de Pi/2. Esta que no puede más.

Le adelanto y poco a poco sigo subiendo hasta que por fin llego al alto de la Marie-Blanque. Son las 14:20. Del puesto de avituallamiento sólo quedan los papeles por el suelo.

Saco el teléfono y veo que tengo una llamada de Agustín y un mensaje corto. Me dice está esperando un autobús de la organización. Me alegro. No porque se haya retirado sino porque si el mensaje fuese que el estaba siguiendo no me perdonaría el haberle dejado atrás. Le envío un mensaje corto "ok. yo sigo"

Ya que tengo el teléfono en la mano tomo la foto de rigor.


Me dispongo a reportarla en Buzz pero descubro que los móviles de pantalla táctil molan mucho, pero no funcionan bien bajo la lluvia. Estoy pegándome con el teléfono cuando veo pasar al ciclista que se había parado. Prácticamente sin saludar se pone a descender. Vamos, Javier, date prisa que se te escapa la posibilidad de ir con alguien que pueda conocer el camino. Sigo intentando que el teléfono, empapado por la lluvia que le está cayendo encima, me responda. Pasan un par de minutos, me estoy quedando frio y el teléfono no responde, lo dejo por imposible y me pongo en marcha.

Empiezo el descenso. A los dos o tres kilómetros me encuentro con unos excursionistas que están haciendo una barbacoa en una carpa. ¡¡¡Con lo que está lloviendo!!!. Me paro y les pido agua. Me la dan. Y también frutos secos y pan. En esto aparece el gallego bajando y llamo su atención. También se para. Recarga agua y se come unos conguitos que le dan. Damos las gracias mil veces y nos ponemos en marcha.

Yo no conozco el recorrido, pero el gallego menos. En cada cruce saco el mapa de la organización. Está empapado por el agua, pero nos sirve para guiarnos.


Yo ruedo en cabeza marcando el ritmo, tranquilo pero sin pausa. El gallego detrás. Pero no chupa rueda. Llegamos a Laruns y hay personas de la organización indicándonos los desvíos. Empezamos a subir.

Empezamos a subir y el gallego se queda. Yo sigo a mi ritmo. El Portalet es muy largo (29 km) hay que tomárselo con calma. Me como una barrita y me como una pastilla de dulce de guayaba, el arma secreta.

Empiezo a hacer cálculos de cuando llegaré a Sabiñánigo. Quiero avisar a la familia. Saco el teléfono, pero sigue lloviendo y el teléfono sigue volviéndose loco con las gotas que caen en la pantalla. Lo vuelvo a guardar.

En el Portalet también tienes las señales que te van cantando los kilómetros. Pero aquí son más asequibles. Un kilómetro al 1%. Otro al 3%. Las sensaciones en las piernas no son buenas, pero esto es llevadero.

Van pasando los kilómetros. Algunos tienen rampas del 5%. Porcentajes que en otras circunstancias ni siquiera lo habría considerado porcentaje y ahora me obligan a meter todo el desarrollo que llevo. Me consuelo pensando que para que un kilómetro tenga de media un 5% tiene que tener rampas del 8 ó 9 y que por eso tengo que meterlo todo. Aquí el que no se consuela es porque no quiere.

Sigo subiendo. Los kilómetros siguen cayendo. Para un momento de llover y por fin puedo llamar a la familia. Mi informe incluye un estoy bien, un Agustín y Jose han abandonado, un me queda mucho y un llegaré a Sabiñánigo sobre las 19:30, 20:00. Son las 16:25. Me quedan unos 60 km hasta Sabiñánigo. Eso significa que pensaba hacer una media de 20km/h. Teniendo en cuenta el estado de mis piernas y la velocidad a la que rodaba esta previsión es un ejercicio de optimismo que ahora mismo, a la hora de escribir esta crónica, me sorprende porque en su momento me pareció totalmente sincero.

Y digo que me sorprende porque al poco de informar a la familia decidí mentalmente que ya no tenía piernas. No es que no las tuviese físicamente sino que ya no tenía fuerzas. Rodaba con todo metido fantaseando con un café con leche. Me quedan 15km hasta la cima del puerto. Esto va a ser muy largo, ármate de paciencia.

Me adelanta el camión con la escoba. Y se para unos metros por delante de mi. Se bajan dos tíos y se acercan a unas bicicletas que están candadas a un árbol. Abren el candado y las meten en el camión. Siguen su camino. Así todo el rato. Me adelantan. Les adelanto. Suben a mi ritmo de la cantidad de bicicletas que hay por el camino. Impresionante.

De repente, a la salida de una curva, un avituallamiento. Menuda sorpresa. Menuda alegría. Es un avituallamiento de líquidos. Están ya recogiendo. Tirando el agua que les ha sobrado. Me ofrecen bebida. Les pido una coca-cola y resulta que tienen. Me la bebo con avidez. Comida no tienen, pero me aseguran que en unos kilómetros hay un avituallamiento que tiene de todo. Le pregunto si no lo cerrarán y me dice que no, que nos esperarán a los últimos. Me comenta que muchísima gente se ha retirado. Yo le digo que por detrás viene uno y que yo voy a seguir. Sin más me pongo en marcha.

La coca-cola tiene azúcar y cafeína. Bueno para la situación en la que me encuentro, recupero un poco el tono. Pero vamos, nada de tirar cohetes. Subo a 9km/h. Voy sin piernas.

Veo a lo lejos un ciclista. Me acerco poco a poco. El también va muy despacio. Parece esto una carrera de caracoles. Llego a su altura y despliego mi verborrea estandar. ¿Qué tal?, pregunto. Bah, tirando, contesta él. Te voy a disputar el farolillo rojo. Viene otro por detrás le informo. Como ya le estoy adelantando sigo con un "Perdona que no siga a tu ritmo, pero es que no quiero perder el mío". Nada, nada tu tira, que yo voy to' acalambrado. Mira tu que bien. Sin piernas gana a acalambrado. Cuando ya le saco unos metros le digo, me han dicho que hay un avituallamiento más adelante y el me lo confirma. Llegarás a una presa, hay un tramo llano y al final del tramo está el avituallamiento. El hueco se ha hecho demasiado grande para seguir la conversación.

Sigo subiendo. Voy sin piernas. La coca-cola bien, pero yo voy sin piernas. Ni poniéndome de pie aguanto. Ahora, viendo el perfil, caigo en la cuenta que eran las rampas más duras del puerto, pero en ese momento me daba la sensación de que ya me había agotado. Empiezo a fantasear con la opción de retirarme. Subirme en un autobús. La calefacción puesta. Relajarme.

Ya veo la presa. Pero según mis cálculos faltan todavía tres kilómetros hasta donde está el avituallamiento. Y no me extraña porque la presa es muy alta y toda esa altura hay que ganarla. La carretera da un montón de vueltas.

Llega el llano. Meto un par de piñones más. Si tuviese piernas las relajaría.

Se acaba el llano.

Llega la primera rampa. ¿Donde está el avituallamiento?

Caramba con la rampa. Mejor lo meto todo otra vez.

Pongo mi mente en el diván. Empiezo a mandarme mensajes de ánimo. ¿Que no hay avituallamiento? Pues nada, poco a poco.

Al acabar la rampa aparece el avituallamiento. Si está allí. No hay duda. Todavía hay gente. Tienen incluso un autobús. Se me pasa por la mente como un rayo el pensamiento de que como me pare no voy a soportar la tentación de subirme al autobús, pero no le hago mucho caso. Ha sido sólo un flash.

El avituallamiento es el paraíso. Tienen de todo. Naranja, manzana, plátano, galletas de almendra, sandwiches, bebida, frutos secos. Me comentan que están esperando por nosotros y que se van. Yo como y hablo. Como con ansia y hablo con agradecimiento. Un sandwich, una galleta, tres trozos de platano, un trozo de manzana. Caigo en la cuenta de que tengo mucha hambre y me pongo las botas.

Llegan los del camión escoba. También quieren comer. En el avituallamiento hay un montón de bicis. Creo que todas ya no les caben en el camión.

Llega el ciclista acalambrado.

Un tío jovial. Iñaki de nombre y vasco de acento. Son las 18:00. Nos informan que no van a dejarnos subir a la Hoz de Jaca. Que el desvío lo cierran a las 18:00. Yo les digo que pienso subir. Sea dentro de la prueba o fuera. Iñaki hace cálculos asegurando que llegará a la cima del Portalet en una hora y cuarto y que luego dos horas hasta Sabiñánigo. Piensa llegar sobre las 20:00. Cuando le digo que yo pienso a subir a Hoz de Jaca el comentario es que entonces yo tardaré más. No me importa.

Llega una furgoneta. Son los colegas de Iñaki. Dicen que traen café con leche. No sólo eso sino que me ofrecen. Yo le ofrezco una rueda de la bici a cambio. El café no está muy caliente, pero me sienta genial.

Tiento la suerte y pregunto si no tendrán aceite (la cadena me chirriaba desde hacía kilómetros, se le había ido el aceite con tanta lluvia) y resulta que los amigos de Iñaki si que tienen. Limpio la cadena y le hecho aceite. Queda como nueva.

Me dispongo a ponerme en marcha. Los de la organización me dan dos geles. Los colegas de Iñaki me dicen que nos esperan arriba para darnos periódicos para el descenso. Yo me deshago en palabras de gratitud.

Es difícil de explicar lo que se siente cuando a uno lo ayudan de esta manera. Pero parte del sentimiento es un subidón considerable. No me engañaba, no estaba 100% recuperado, pero no estaba sin piernas; ahora tenía una pierna. Y con una pierna los 9 kilómetros que me quedaban (este puerto es eterno) estaban chupados.

Mi velocidad pasa automáticamente a los 12 km/h de media. Subo a un ritmo aceptable, tengo una pierna.

Faltan dos kilómetros y veo a dos ciclistas a lo lejos. Me sacan un buen trecho. Pienso que no los pillaré hasta que estemos bajando, pero mi velocidad es mucho más alta que la suya.

Adelanto al primero muy rápido. Esta totalmente parado. Animos, disculpas por no ponerme a su ritmo y sigo a mi ritmo.

Al segundo lo adelanto cuando queda todavía un kilómetro. Más de lo mismo. Animos y disculpas por no ponerme a su ritmo. Me contesta que no me preocupe que me pillará bajando. Me quedo un poco mosca. Yo estoy subiendo considerablemente más rápido que él ¿cómo sabe el que yo no bajo un pimiento?. Yo podría ser un primo lejano de Samuel Sanchez. De todas formas le chillo en la distancia que seguramente que si, que yo no bajo un pimiento. Eso de viva voz, de pensamiento iba yo diciendo que ni en sueños me ibas a pillar tu. Era obvio que iba de subidón. Los avituallamientos estaban abiertos, estaba adelantando a ciclistas, eso significaba que estaba ganando tiempo. Mucho tiempo.

Corono el Portalet. Ni me acuerdo de parar a sacar una foto. Me pongo a bajar. No hay rastro de los amigos de Iñaki, pero no me importa. Tengo una pierna.

Llega una rotonda. Un coche de la guardia civil está parado. Me paro y les pregunto que desvío tengo que tomar. Me lo indican y dice: "Venga que en España hace sol". "No vea la alegría que me da" contesto yo.

Y es cierto. Me alegra mucho la perspectiva de que deje de llover.

Al kilómetro o así la carretera empieza a estar seca. No llueve. Por fin, después de 112 kilómetros lloviendo prácticamente sin parar (y a veces a mares) no llueve. Además es cuesta abajo. Todo tiene buena pinta.

De repente, en mitad de la carretera un hombre de la organización me hace desviarme hacia la derecha. Fuera de la carretera general. Sospecho que me están desviando para que no suba a la Hoz de Jaca. Me paro. Le pregunto ¿Pero por aquí voy a la Hoz de Jaca? Él me mira como si fuese un marciano y me contesta que si, que la ruta es por la derecha.

Sin tenerlo muy claro me dejo caer. Esto parece un aparcamiento. Se ve un edificio. Hay gente. Me acerco despacio.

¡¡Anda!! si se trata de un avituallamiento. ¡Estoy en Formigal! No quiero comer nada, pero el del avituallamiento me mete seis geles en el bolso del maillot. Le pregunto por Hoz de Jaca y me dice que ya no me van a dejar subir. Le contesto que yo subo de todas maneras.

Cuando voy a ponerme en marcha veo que baja como una bala el último ciclista que había adelantado. El "bajador". Me pongo en marcha lo más rápido posible y me tiro cuesta abajo.

Es una bajada muy rápida, con firme seco y yo me encuentro bien. Agarro el manillar por abajo y doy pedales.

En estas estoy cuando aparece un motorista de la guardia civil a mi espalda. Se pone a mi altura y me dice. "Vas el último, los demás se han retirado. Se ha cerrado la subida a la Hoz de Jaca, la organización me pide que vaya acompañándote hasta Sabiñánigo ¿Cómo vas?". Muy bien le contesto.

Esto no tiene buena pinta. Vuelvo a ser el último y no es que me importe especialmente, pero es que yo quiero hacer el recorrido completo. Acelero en mi bajada mientras voy pensando en como gestionar la situación. Llego a la conclusión de que si llegado el desvío me sacan de la marcha si insisto en subir la Hoz de Jaca no me importa. Yo quiero hacer el recorrido completo. Si hay que entregar el chip se entrega y punto.

Bajando adelanto a un ciclista y el motorista se queda con él. ¡Ya no soy el último!

Adelanto también al bajador y le doy un grito de ánimo al pasarle.

Llego al desvió de Hoz de Jaca. La organización esta diciendo que siga de frente. Yo me paro a la izquierda. El bajador tira de frente. Le explico a una chica de la organización que yo quiero subir y ella me explica a mi que no es posible. Que la subida está cerrada porque la marcha esta en sentido bajada, que todos los ciclistas me los voy a encontrar de cara y que se puede provocar un accidente. Es cierto que bajan muchos ciclistas. El guardia civil que esta parando el tráfico me grita que siga de frente. Tienen razón. Ni entregando el chip ni nada no puedo subir a Hoz de Jaca.

Empiezo a bajar y se me ocurre una idea. No puedo subir por donde están bajando, pero tiene que haber otra subida a Hoz de Jaca y tiene que ser un desvío a mi izquierda. Si lo encuentro subo por esta otra ladera y bajo por donde están bajando todos. No será el recorrido oficial, pero me lo perdono.

Bajo despacio varios kilómetros. Voy fijándome pero no encuentro el desvío. ¡¡¡Mierda!!! Me rindo. No subo a la Hoz de Jaca. Me sienta fatal. Me pillo un cabreo que ahora me parece tonto pero que ayer me pareció normal.

Como un niño decido que si no puedo subir a Hoz de Jaca entonces me vacío hasta Sabiñanigo. Deben de quedar 25km el viento da de cara pero el terreno es favorable. Llamo a la familia para anunciarles que estoy a punto de llegar.

Manos abajo y a trabajar las piernas.

Empiezo a adelantar a muchos ciclistas. En un repecho veo al bajador, me pongo de pie sobre la bici y lo adelanto como una bala. Le doy ánimos al adelantarle, algo me grita pero no le entiendo.

Biescas. Ya estoy cerca.

Faltan 11km. Estos son los kilómetros que hice a las 6:30 de la mañana hasta Sabiñánigo. El terreno ya no es tan favorable y el viento de cara sopla fuerte. Me estoy machacando y muchos ratos la velocidad es de 23km/h. Aun así adelanto a muchos ciclistas.

Sabiñánigo. Tomo el desvío a la derecha. El mismo que tomamos esta mañana. Llego a la rotonda. Voy hacia la línea de llegada en la misma dirección que hemos hecho la salida. Esta todo lleno de coches. Le pregunto a un municipal. ¿Y la llegada?. Me contestas "Te has equivocado, tenías que haber seguido un poco más por la circunvalación". NO ME LO PUEDO CREER.


Completo la rotonda y esquivando coches vuelvo a salir a la circunvalación. Llevaba recorridos apenas 100 metros y me pasa el bajador a toda leche al grito de "te adelanté". Mira, casi me da un mal.

Me levanto sobre la bici y acelero con todas mis fuerzas hasta alcanzarle. Por suerte él había dejado de dar pedales y le alcancé en pocos metros. Le cuento lo de mi error en la entrada y hasta a mi me sonó a justificación. Me cedió el paso para hacer el giro de 180º y enfilar la recta de llegada.

Le informo. Yo voy a esprintar. Y el me dice que si, que como tiene que ser. Me levanto en la bici. Mido la distancia a la línea de llegada y lanzo mi sprint.

No queda casi nadie detrás de las vallas, pero alguien me anima. Yo me lo tomo a pecho. Estoy dándolo todo. Lo que pasa es que la llegada es ligeramente cuesta arriba y debe de ser que he medido mal. El sprint se me está quedando sin chispa. Cuando ya se me salía el corazón por la boca sonó el pitido del chip indicándome que ya había llegado.

Me paro. Busco con la mirada a mi familia y los encuentro 200 metros más allá. Están en medio de la calle. Me vuelvo a levantar sobre la bicicleta y lanzo otro sprint. Nada espectacular, pero me aplauden como si fuese el campeón del mundo.

Besos y abrazos. Preguntas. Coger aire. Explicaciones. Alguna que otra lágrima que derramo y la satisfacción de haber acabado (a pesar de no haber podido subir a Hoz de Jaca).

Directo a entregar el chip. Ahí fue cuando me acordé de parar el GPS.

A los 50 metros nos encontramos con Agustín y con Jose y nos fuimos a que yo comiese algo de pasta mientras nos contábamos los unos a los otros nuestras historias. Que buen momento de buen rollo y camaradería.

Después me pasé a por el diploma (alguien por los altavoces decía que había llovido en otras ediciones, pero que esta había sido la de peor tiempo).


No se muy bien porque, ni que significado tiene, pero también me dieron una medalla de bronce.


Lo que si que se es que habiéndolas de oro y de plata yo si vuelvo es a por una de las de oro. Ya me enteraré yo de cual es el criterio y ya me encargaré yo de cumplirlo.

Mis números:
  • Kilómetros: 217.60 + los 11km desde las casas rurales a Sabiñánigo a las 06:30. Total 228km cuando la marcha oficial tiene 205 (y eso que no me dejaron subir a la Hoz de Jaca)
  • Tiempo rodando: 10:07:05
  • Velocidad media: 21.40 km/h
  • Velocidad máxima: 65.60 km/h
  • Pulsaciones medias: 138ppm
  • Pulsaciones máximas: 175ppm
  • Calorías consumidas: 7.487
  • Es la 11 vez que montaba en bici de carretera. La 7 vez en mi Cannondale Synapse.
Yo creo que había apuntados unos 10.300 ciclistas. Según la organización acabaron 5.280 (se retiraron unos 5.000 ciclistas). Yo acabé el 5.105. De mi categoría (35-44) acabaron 2.116 y yo acabé el 2.051. Claro que yo no subí a Hoz de Jaca y seguro que muchos de los que quedaron por detrás de mi (175) si que la subieron.

No quiero dejar de pasar la oportunidad de reconocer el trabajo de LA ORGANIZACION. Sencillamente IMPRESIONANTE. Autobuses para recoger a los ciclistas que se retiran, recogida de las bicicletas de los retirados, avisos a los familiares de la situación de los participantes. No hay palabras para describir la labor que toda la organización ha desplegado en una marcha muy complicada por las causas climatológicas. Yo me he quedado impresionado. En mi han ganado un fan.

A cuiarse
Javier Arias González
Publicar un comentario